Sonriendo

febrero 20, 2017

Me encanta tu sonrisa. Eso fue lo que me enamoró de ti. Te veía en la cafetería cuando bajaba con la amiga que tenemos en común, en el descanso del trabajo a media mañana, y cada vez que sonreías por cualquier cosa juraría que el corazón se me paraba varios milisegundos… ¡Pero qué preciosa era! Y sincera, especialmente cuando ya te reías a carcajadas por alguna tontería que decía Lucía. No había nada como este descanso. Me alegrabas un mal día cuando derrochabas simpatía, que eran todas las mañanas que nos encontrábamos.

¿Qué tendrá una sonrisa bonita y sincera que vuelve atractiva a cualquier persona, ya sea mujer u hombre? Nunca lo había entendido muy bien, el por qué me atraía tanto esa parte de la cara. Tampoco es que me preocupara mucho buscarle una explicación lógica, me atraía y ya. Quizá me atraía porque alguien que sonríe sinceramente es alguien con un corazón puro, un alma cándida o cómo quieras expresarlo. Es alguien que da un pedacito de sí de manera totalmente sincera, que no le importa mostrarse tal y como es, con todas sus luces y sus sombras. Cuando alguien sonríe o se ríe a carcajada limpia lo hace en determinadas situaciones, diciendo mucho de esa persona de manera inconsciente. No sé, mejor no pensarlo mucho y no buscarle 3 pies al gato (¿o eran 5 pies?, sea como fuera…).

El cómo nos conocimos fue muy casual. Lucía te conocía de coincidir siempre en la misma cafetería, porque ella y tú trabajaban cerca y donde desayunaban era la mejor del barrio donde curraban, con diferencia del resto. Después de tantas mañanas coincidiendo en el local y tras compartir varias veces la misma mesa para desayunar y/o tomar el café mañanero debido a lo abarrotada que estaba la cafetería, la compartían para no tener que desayunar de pie. Así fue como acabaron entablando una amistad. Por suerte, para mí, únicamente amistad ya que Lucía estaba felizmente enamorada (eso es un tema aparte, ¡cómo la odiaba por eso!, pero era envidia de la sana, por supuesto). Y a los pocos meses de que esa amistad surgiera empecé a trabajar en la misma oficina en la que también trabajaba Lucía, y al trabajar mesa con mesa acabamos haciéndonos inseparables, yendo a hacer el descanso juntas siempre que el trabajo nos lo permitiera. Así que así fue como te conocí, José… Casualidad pura y dura, concatenación de “errores”, ¡y benditos “errores!

Y de esta manera comenzamos nuestra amistad, amistad que hoy en día está más que afianzada y consolidada, tan consolidada que llevamos varios meses saliendo. Y cada día esa sonrisa tuya sigue enamorándome un poquito más, poco a poco. ¿En serio es eso posible? Pues sí. Pero bueno, vale, no sólo la sonrisa es lo que me enamora, pero sí que es una de las “partes” (físicas y no físicas) que me atraen de ti desde el comienzo. Y cuando tienes un día “chof” me encargo de alegrarte, aunque solo sea un pequeño momento. Nos encargamos de completarnos y hacernos feliz mutuamente, ¿no es eso uno de los pilares fundamentales de una relación sana y duradera? Así que aquí seguimos, enamorándome de ti día tras día y siendo un poco más feliz a tu lado.

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