Invierno caliente.

enero 26, 2017



Estábamos aquí, en la playa un día de invierno cualquiera. Brillaba el sol, y gracias a él calentaba el cuerpo con esta temperatura suave de 21 ºC. Pasar el invierno en el paraíso es lo que tiene… Recostados en la arena, tu a mi izquierda, yo a tu derecha. Yo leyendo, tú echándote la siesta. No estábamos hablando, ni siquiera nos estábamos mirando, pero estábamos conectados, compartíamos un momento agradable juntos. ¿Para sentirse en sintonía y demostrase cariño y afecto tenía que haber alguna clase de contacto, por mínimo que fuera? Desde luego, un rotundo no. Nosotros ahora mismo sí que estábamos completamente en sintonía.

Tras media hora con esta estampa y arrullados por el sonido de las olas del mar y de la gente paseando por la orilla tú te despertaste del letargo en el que estabas sumido, me miraste de reojo con una sonrisa picarona dibujada en la cara y me dijiste “¿te apetece un baño?” ¡Vaya si me apetecía! No hacía mucho calor, pero el estar bajo este sol ya se me estaba calentando el cuerpo y sí, aunque sabía que me costaría horrores entrar en esta agua fría de invierno, me apetecía pegarme un chapuzón, especialmente si era contigo.

Tú, como siempre, entraste corriendo y te zambulliste de cabeza. A mí siempre me costaba mucho más, incluso en verano cuando el agua hace un amago de intentar estar algo más caliente. Y sí, siempre venías hacia mí tras tu inmersión para mojarme y empaparme antes incluso de que el agua me llegara ya por la cintura… Esta vez, por supuesto, no iba a ser menos y viniste hacia mí a salpicarme con el agua raudo y veloz. Y siempre me ponía a gritarte entre risas “¡¡NO ME MOJES!!” Pero por otra parte, si no me lo hicieras yo creo que hasta te echaría la bronca por no hacérmelo.

Y al estar ya los dos dentro del agua, nadando un poco para entrar en calor, yo unas cuantas brazadas por delante tuyo, te acercaste hacia mí y me agarraste del pie para posteriormente cogerme de la cintura y envolverme con tus brazos en un abrazo cálido que contrastaba con el agua fría (¿fría?, ¡¡congelada!!). Me mirabas a los ojos de una manera tan intensa que llegaba la llama directa al corazón. Y así, me soltaste un “te quiero” sincero, que vino seguido con un beso cálido, lento y suave. Llevábamos mucho tiempo en esta relación, pero estos pequeños detalles seguían derritiéndome. Sí, soy una de esas personas románticas empedernida, ¡qué le vamos a hacer! Y ser invierno, por muy buena temperatura que haga, implica que la playa esté poco transitada, y ese beso llevo a otras cosas bajo el agua… E irremediablemente nos vimos envueltos en una vorágine pasional bajo el agua, intentando no llamar la atención de los pocos transeúntes que paseaban por la arena.

Primero empezamos con los besos y abrazos, mis piernas subieron instintivamente para envolverse en tu cintura, casi de inmediato ya te noté entre mis nalgas. Y así, una cosa llevó a otra y sin casi darme cuenta ya estaba yo subiendo y bajando agarrada a tu espalda hasta el clímax, ¡y qué final! Nuestra primera vez en la playa, que repetiremos más veces seguro.

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