Sintiendo el aire pasar.

junio 18, 2016


Le gustaba sentir el fresco en la cara. Abrir de repente en la ventana, plantarse en medio, levantar ligeramente la cabeza, cerrar los ojos y notar a partes iguales el sol de media tarde y el aire fresco rodeándole la cara para hacer bailar a su son su pelo liso suelto. Solo ella, el viento y el sol. Eso le servía no solo en los días que hubiera calor – por razones obvias -, sino más bien en los días en los que se sentía agobiada o triste.

Le gustaba, porque era un momento en el que podía poner la mente en blanco y no pensar en nada más allá. Lo único que tenía que hacer era prestar atención a las sensaciones que le daba el viento en la cara. Sentir la calidez del sol en sus párpados cerrados, el viento aliviando el calor que le suponía el estrés, notar en su cuero cabelludo el movimiento suave del pelo mientras el aire se metía entre sus mechones dándole vida. Era un cúmulo de sensaciones en las que, por unos pocos minutos, era ella y solo ella, el sol, el viento, el frescor. Sensaciones, vivencias… Había incluso momentos en los que le venían flashes de su infancia, esas escenas en las que recuerda ser inmensamente feliz jugando con su hermano y su abuelo en cualquier lugar.

Pues sí, hoy era uno de esos días en los que, tras las tensiones de todo el día, lo único que quería era salir por la puerta de su trabajo y pararse en medio del umbral, levantar ligeramente la cabeza, cerrar los ojos y solo sentir. Aunque la miraran como un bicho raro los transeúntes. Estar ahí dos, tres minutos o el tiempo que hiciera falta, centrándose solo en su respiración. Respirar. Espirar. Respirar. Espirar.

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