Tranquilidad bajo el sol.

abril 22, 2016

Le encantaba esa sensación de hacer el cristo en el mar. La tranquilidad que respiraba cuando estaba tranquilamente mirando al sol, con los ojos cerrados, mientras el agua salada envolvía todo su cuerpo. Venía una ola, hacía que primero le subieran las piernas, y seguidamente el resto del cuerpo se moldeaba adaptándose a la forma del mar en movimiento. Ahí todos los problemas se desvanecían, se sentía pequeñita, diminuta ante la grandiosidad del océano. Cerrar los ojos, sentir el calor en su cara, en su pecho, en su vientre. Sentir el frescor del mar en su cabeza, en sus brazos, en su espalda. No había nada más que eso: sensaciones, calma, tranquilidad.

Ahora podía oír por debajo del agua a unos niños que jugaban a decirse cosas bajo el mar a ver si se entendían. Al tener los oídos debajo del agua por estar haciendo el cristo, se sorprendió a ella misma poniendo la antena a ver si también podía adivinar todo lo que se estaban diciendo entre ellos. Después de la tranquilidad, le venía muy bien sentir la alegría que los niños le transmitían. Desde luego, es inevitable contagiarse del entusiasmo de esos seres tan diminutos ¡Esa tierna infancia! Se lo estaban pasando en grande. Ella se lo estaba pasando en grande.

Amor. Playa. Ola. Sol. Aunque había otras muchas palabras de las que se decían los niños que no consiguió entender bien.

Ya llevaba un buen rato en el mar quieta, así que el frío empezó a inundarle el cuerpo. Era hora de salir ya a la arena a secarse y coger un poco de sol para que se le calentara el cuerpo. Levantó un brazo para mirarse las manos. Tenía las yemas de los dedos tan arrugadas como una pasa y ya incluso tenían una cierta tonalidad algo lilas.

Sí, era hora de salir del agua. Pero se estaba tan bien ahí dentro... Salir implicaba ya no estar sumida en un mundo de fantasía y sin problemas. Implicaba rodearse de gente, gente que le recordaba inconscientemente que había obligaciones, que se tenía que enfrentar al mundo exterior. Y no, eso ahora mismo no era lo que quería.

La mejor opción era salir del agua, tumbarse en la toalla boca abajo y volver a desconectar. Oír los murmullos de la gente a su alrededor. Sentir a esa gente que pasaba a su lado rumbo al mar o de vuelta mojados a las toallas. Los ojos cerrados. Descansar un poco. Mañana ya será otro día y se tendrá que enfrentar a ese jefe tirano, a ese ex que le había dejado la semana anterior pero que tenía que seguir viendo en la oficina, a tener que preparar de comer, a limpiar, a tener todo al día. Pero hoy no. Hoy era un día dedicado única y exclusivamente para ella. Hoy no tendría nada que hacer más que descansar en la playa. Y así ponerse morena y sentirse atractiva, siendo la envidia de muchos de sus compañeros de trabajo al día siguiente.

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