Un abrazo.

abril 02, 2015


Un abrazo. Eso era lo único que te pedía, básicamente porque era lo único que sabía que me iba a calmar… Siempre tus abrazos me han resultado reparadores. No sé el por qué exactamente, ¿sería el contacto humano? Siempre en los momentos en los que me sentía inquieta, intranquila, ansiosa, te abrazaba y tú me lo devolvías pacientemente porque habías aprendido a conocerme y saber cuándo ese abrazo era un simple saludo o cuando realmente lo necesitaba. Era mi vía de escape, la verdad es que me calmaba muchísimo. Y sólo era contigo, con otras personas los abrazos no significaban lo mismo.

Muchas veces me había planteado el por qué, en general, al ser humano le gustaban los abrazos y el contacto humano en todas sus variantes. Cuando somos bebés es lo único que demandamos: comer y el contacto humano, los abrazos, las caricias, el sentirnos arropados… Y a lo largo de nuestra vida seguimos demandándolo, aunque sea en formas y maneras diferentes. Será porque somos unos seres gregarios, que necesitamos de otras personas para sentirnos realizados al 100%, porque de qué sirve crecer como personas si no tenemos a nadie cerca con las que poder compartir nuestros éxitos, y tener ahí a alguien en nuestros fracasos que nos consuele, nos abrace, y nos aliente para volver a levantarnos.

Esa sensación de contacto contigo era tan primitiva… Lo necesitaba cada vez con más frecuencia, incluso llegaba a ser adictivo. Y si no estabas cerca para dármelo, cada vez me ponía más nerviosa y ansiosa. ¿Acaso la sensación de contacto humano no era lo más básico y primitivo que existe?

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