La ruptura de Vicky y José. Capítulo III: La hora de la comida.

abril 16, 2015

El tiempo pasaba lentamente. Desde que era la una y poco del mediodía iba viendo como el reloj caminaba a toda pastilla. Los minutos parecían segundos. ¿Por qué cuando uno quiere que el tiempo transcurra a toda velocidad camina lentamente y cuando uno quiere que vaya a un ritmo más lento parece que fuera el correcaminos? Yo no quería que fueran las dos del mediodía. Eso implicaba que llegaría la hora de comer. La hora de reencontrarme con José a la salida para comer. ¡Y encontrarme con Miranda para ir a comer juntas y contárselo todo! La verdad, dudaba que estuviera lista para contárselo. Tal vez fuera mejor esperar un poco y contárselo mañana, o el fin de semana, o dentro de un mes... O mejor aún, ¡nunca! Hacer como si nada hubiera pasado. No, entre antes se lo contara antes me quitaría esta presión de encima. Quería echarme a llorar, hundirme en mi cama. Haber estado toda la mañana intentando aguantar las lágrimas me había dejado peor aún de como estaba esta mañana.

Las 13.55 marcaba el reloj del ordenador. Hora de apagarlo. Mientras esperaba a que se apagara apareció Miranda por mi despacho.

- Hola Vicky, ¿lista para salir a comer? Creo que mejor vamos a mi casa y nos preparamos cualquier cosa... ¿No crees? - parecía que me había leído la mente.

- Sí, la verdad es que lo prefiero. ¡Gracias por sugerirlo! - y le lancé una sonrisa, por supuesto forzada. La típica sonrisa de circunstancia. No tenía el cuerpo ni para una sonrisa sincera.

- Ya me lo contarás todo cuando lleguemos a casa. Que no sé por qué creo que se comportó como un auténtico cabrón... - No lo sabía bien...

Antes de salir por la puerta tenía que comprobar el bolso, quiero comprobar que llevo todo lo que necesito. ¿Me acordé esta mañana de meter todo lo necesario en él? ¿Pañuelos? Sí. ¿Me acordé de meter lo más importante: el antiojeras? Sí. ¿El lápiz de ojos? Sí. ¿El rímel? Sí. ¿El pintalabios? Sí. ¡Menos mal! Ya en la oficina me lavaría los dientes, mejor dejaba el cepillo aquí, en el despacho. Ordenador apagado y todo "o.k." en el bolso.

Ya era hora de salir a comer. Ya era hora de enfrentarme a lo que no había querido hacer hasta ahora: decir lo que había pasado anoche en voz alta. Y enfrentarme a lo que me pasaba a mí exactamente. Tenía un revuelto de emociones contradictorias dentro de mí que no podía ni imaginar. ¿Sería bueno que me abriera tan pronto? Por otro lado, ¿no sería esa la mejor opción? Desde luego, si había que decírselo a alguien esa era Miranda, sabía que me apoyaría. Mi mejor amiga desde el primero año de carrera en la facultad y una suerte que acabáramos trabajando en la misma empresa. Desde luego nuestra amistad seguía en pie pese a nuestras diferencias, habíamos sabido cómo acoplarnos bien.

Ella vivía a unos 5 minutos caminando de la oficina, quizás a 10 si íbamos muy lentamente. La verdad es que no sé por qué se me habría ocurrido en un primer momento decirle de ir a un restaurante abarrotado de gente si sabía que me iba a echar a llorar en cuanto empezara a analizar las cosas y adecírselas...

El camino a la casa había transcurrido en el más absoluto silencio. Me hallaba sorprendida porque creo que desde que conozco a Miranda nunca había aguantado tanto tiempo sin "chismorrear", sin querer saber todos los detalles desde el momento cero. ¿Tanto se me notaría que lo estaba pasando francamente mal?

Llegamos a su portal. Abrió la puerta mientras me echaba una mirada de arriba a abajo. Llamamos al ascensor, estaba en el piso 10, por lo que tardaría en bajar. Eso me daría más tiempo para seguir en silencio y no enfrentarme tan rápido a mis miedos, a mis lágrimas. Una vez en el ascensor, apretó al piso 13. ¿Presagio de maldiciones? Y en lo que abria la puerta de la casa me empezaron a temblar las piernas. Sabía que ya se había acabado la tregua, no sólo la que me había dado Miranda manteniéndose callada y prudente hasta que llegáramos a su casa, sino también la que yo me había autoimpuesto diciéndome a mí misma "no voy a llorar hasta la noche que llegue a mi casa".

- Tengo en la nevera los spaguetties que me sobraron de anoche. Ya puedes ir empezando a contarme lo que pasó ayer en lo que se calientan en el microondas. Porque desde luego esa cara que traes y los dos kilos de maquillaje que llevas encima cuando tú casi nunca te maquillas te delatan. Hoy precisamente deberías estar radiante y estás... ¡Pero cómo estás! - mientras ella me hablaba las lágrimas empezaban a brotar de mis ojos. Se me correría la raya y el rímel. Ya total, ¡qué más da! Mejor.

- Ca - brón. Lo que es es un cabrón - casi no podía articular palabra, ya estaba llorando a moco tendido. - Quería decirle lo que sabias, que estaba embarazada, que por qué no nos íbamos a vivir juntos, que después de cinco años de relación esto era lo mejor que nos había pasado y todo ese rollo.

- Tranquila. Tranquilízate un poco... - me lo decía mientras me pasaba la mano por el hombro. Hice una pausa para intentar calmarme...

- El caso es que yo lo notaba muy distante desde hace unos días. Llevaba como una semana que siempre se inventaba una excusa para no ir a comer juntos... Bueno, ya lo sabes, estuvimos toda esta semana comiendo juntas...

- Sí, me pareció bastante extraño, pero como él estaba intentando cerrar ese proyecto no le dí demasiada importancia... - me respondió Miranda.

- Sí, eso mismo pensaba yo - intentaba decir calmando el llanto, creo que ya estoy más calmada. - Pero el caso es que ya no me decía de ir a su casa a dormir ni venía él a la mía. Cuando no dormíamos juntos él solía mandarme algún mensaje de texto de "buenas noches" y llevaba casi todo este tiempo dándome largas, como a la hora de comer.

- ¿Pero por qué no me habías contado nada de esto? - Miranda estaba sorprendidísima, se lo estaba notando hasta en este estado.

- Tal vez debía haberlo intuído desde ese primer momento...

- ¿Intuido el qué, Vicky?

- Que hacía tiempo que no me quería, que me estaba poniendo los cuernos... ¡Desde hace más de un mes! Y llevaba toda esta semana pensando en cómo decírmelo - ahora sí que empecé otra vez a sollozar amargamente.

- ¡No jodas! ¡¿Pero con quién?! - Hasta Miranda no salía de su asombro... No era cosa únicamente mía. - Desde luego tenía sus peculiaridades, pero la de ser infiel no era una que le pegara, la verdad...

- No me dijo quién era - le contesté entre sollozos. No sé cómo era posible que me saliera la voz -. Por lo que creo que esta con alguna de la oficina...

- ¿Pero cómo salió el tema? - realmente Miranda no salia de su asombro. Yo tampoco lo podía creer, y eso que hacía ya casi un día que me había enterado de todo esto y podría haberlo asimilado, pero aún hoy me resulta más incomprensible todo... - ¿Cómo te lo dijo?

- No fuimos ni siquiera a cenar... Me lo soltó en mi casa cuando vino a recogerme. Todo muy surrealista, la verdad. Sólo con mirarnos ya se veía que era surrealista: yo ya arreglada para salir, bien vestida y maquillada, y él vestido con ropa normalita, hasta casi andrajosa... - Ya había conseguido disminuir los llantos, ¡al fin ya no estaba llorando tanto, sólo alguna lágrima!

- Qué fuerte me parece... Aunque por lo menos no te lo dijo en el restaurante, porque eso ya habría sido el "acabose".

- Pues sí.

- ¿Pero cuándo te dijo eso: antes o después de que le dijeras que estabas embarazada y que él era el padre?

- Antes, antes... Por lo menos puedo decir que no me dejó por haberme quedado embarazada - ¿estaba justificándole? ¿En serio? No podía creer lo que estaba saliendo por mi boca.

- Eso no es excusa, Vicky. Te dejó de una manera muy muy rastrera. ¿Después de 5 años de relación te pone los cuernos?

- Es que ya llevábamos un tiempo algo más distantes... - ¿estaba otra vez justificándole? No, definitivamente no tengo remedio.

- ¡¿Perdona?! Una cosa no quita la otra. Si tan mal iba la cosa no justifica para que te pusiera los cuernos. Pueden tener una conversación y que te dijera "mira, quiero terminar la relación, esto no va bien" antes de ponerte los cuernos... Y además, si tan mal iba la relación y además tenía a "la otra", ¿por qué seguía teniendo sexo contigo? Porque hasta donde yo sé, para que te quedaras embarazada hace falta la colaboración de un hombre... Biología básica.

- Pues sí, eso es lo que no entiendo y me tiene hablando sola. ¿Cómo es posible que no fuera sincero conmigo? Si esto ya me lo había tenido que imaginar antes... ¡Si no quería comprometerse conmigo hasta tal punto como para vivir juntos! Eso ya tenía que ser un indicio claro... No sé como no lo pude ver antes... - y ahora estaba culpándome, entre justificarle y culparme yo estoy bonita...

- No, Vicky, la culpa no es tuya. Siempre estás culpándote de todo y dignificando a los demás. La culpa es suya, que es un cabrón. No ha hecho las cosas bien. Si no se sentía capaz de tener una relación seria contigo por los motivos que ÉL tuviera - hizo énfasis en la palabra "él" - tenía que haber sido sincero contigo. ¿En eso no se basa una relación, en la sinceridad?

- Pues sí - volvieron a calmarse mis sollozos, que habían vuelto a brotar cuando vi que estaba culpándome a mí misma.

- ¿Y cómo reaccionó cuando le dijiste que esperabas un hijo suyo?

- Eso es lo peor de todo, que dijo que se iba a pensar lo de la paternidad... ¡Qué se lo iba a "pensar"! ¡¿Qué coño significa eso?! ¿Que no va a hacerse cargo de su futuro hijo? Porque es lo que está dando a entender... - ahora hablaba mi cabreo, y otra vez empiezan los lagrimones a recorrer mis mejillas. Tal vez me dolía más eso que la ruptura en sí. Me había dado a entender que todo esto le venía muy grande...

- No puede ser...

- Hasta me insinuó que si no me había planteado el abortar...

- Espera, espera... ¡¡¡¿¿Qué??!!! ¿En serio te dijo que si te habías planteado el abortar? - Miranda cada vez estaba más asombrada con José. Es cierto que a ella nunca le había caído bien, pero no creía que él llegara a tanto. Si al final va a resultar que ella tiene mejor ojo que yo para calar a los hombres...



- Sí, sí... Lo que estás oyendo. Fue lo primero que me dijo después del shock inicial al decirle lo del embarazo...

- ¿Y qué le respondiste?

- Que me había enterado del embarazo el día anterior... Y que no, no me lo había planteado, que lo quería tener. Aunque realmente me lo había planteado, pero claro, cuando me enteré sí que tenía una pareja, el bebé tenía padre, ambos con trabajo, que aunque con trabajos agobiantes podíamos hacernos cargo del bebé... Por lo que deseché la idea del aborto en seguida.

- ¿Pero no le dirías eso, que por un momento te lo planteaste, no?

- No, no. ¡Por supuesto que no se lo dije! Si no él ya habría tenido la excusa perfecta para insistirme con el tema...

- Lo mejor que hiciste. ¿Y ahora, cómo vas a replantearte la vida?

- ¡Eh! No corras, que aún estoy superando el dolor de la ruptura... Estoy entre sollozo y sollozo como para plantearme algo más allá de lo que sucederá mañana. Primero es intentar superar el tener que verle la cara a José todos los días en la oficina.

- Bueno, tú sabes que yo estoy aquí para ti, para ayudarte en este tramo. Y para también cualquier ayuda que necesites con el embarazo y el futuro bebé...

- Ahora me tendré que replantear si tenerlo o no, porque la verdad, no creo que él reconozca la paternidad visto lo visto...

- No, tú haz lo que tu creas conveniente, no le tengas en cuenta a él para nada. Si quieres tenerlo, que sea por tu propia desición. Y si no lo tienes y abortas, por lo mismo, no porque creas que no va a salir adelante. Me tienes a mí para ayudarte con el futuro bebé, y a tus padres, y tienes un trabajo con el que podrás mantenerlo. Si no tuvieras trabajo sería otra cosa, ¿pero teniéndolo? De todos modos, piénsatelo todo con calma, no hace falta que decidas nada hoy...

- No, si lo tengo decidido, lo voy a tener, a mis 33 años no voy a tener otra oportunidad. Además, en el instante en que vi el positivo en el "predictor" me alegré. - Ahora me había dado cuenta, al empezar a hablar del bebé, que ya había dejado de llorar. Había pasado 45 minutos y tanto yo como Miranda teníamos los platos de spaguetties delante de nosotras intactos, y ya fríos.

- Pues ya está. ¡A tenerlo, se ha dicho! - lo dijo con una voz tan animada que no pude evitar echarle una sonrisa con una medio carcajada nada más haber dicho eso, la primera sonrisa totalmente sincera que había soltado desde ayer por la noche. - Bueno, come un poco, lo que puedas, para que te laves la cara y te maquilles un poco esos ojos llorones para irnos al trabajo.

Y comimos (aunque casi no probé nada), me arreglé, fui al trabajo. La verdad es que esta conversación me hizo bien, tenía serias dudas durante la mañana. Pero realmente me hizo ver las cosas con otra perspectiva, me hizo sentirme menos culpable conmigo misma, me eché las culpas que me correspondían, ni más ni menos. Y también le eché a él las culpas que le correspondían, no le seguí justificando más. Sí, es cierto que estaré unos días o semanas llorando, pasándolo mal, pensando en el futuro tanto mío como de este bebé, en si crecería con o sin padre. Pero ya todo estaba puesto desde otra perspectiva algo más realista.

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