Grata sorpresa en el club de lectura.

marzo 04, 2015

La tranquilidad me rodeaba. Leer en mi cama, con las persianas abiertas de par en par para que la luz inunde la habitación, la casa en silencio y sumergirme en la lectura. No existe cosas más placenteras en el mundo que ponerse a leer y disfrutar con esa historia. Devorar páginas y páginas, que el tiempo se pare a tu alrededor y disfrutar del momento.

Así estábamos él y yo, en nuestra cama leyendo. Cada uno con nuestros libros, separados sumergiéndonos en nuestros propios mundos pero a la vez juntos. Compartiendo gustos y aficiones. Aunque nos gustaran tipos de libros completamente diferente, al final él acababa leyendo libros de mi estantería y yo terminaba por leer algún libro de la suya. Eso es lo que nos gustaba de nuestra relación, hablábamos de lo que estábamos leyendo, de lo que habíamos terminado de leer o de lo que ya habíamos leído años atrás. ¿Eso no es lo bueno de una relación? Retroalimentarnos los unos a los otros.

Nos unió precisamente el gusto por la lectura, y de una manera un tanto extraña nos conocimos. Yo no sabía cómo vestirme ese día, ¿tendría que ir arreglada, "arreglada pero informal" o informal de verdad? Iba a la primera reunión de un club de lectura que estaban organizando unos conocidos míos que habían abierto una librería unos meses antes y estaban haciendo actividades en ese local, todas las actividades relacionadas con el mundo de los libros para dar a conocer la librería. Al final me decidí por ir "arreglada pero informal", esas tres palabras que implican llevar puesto un pantalón vaquero pero con blusa y zapatos monos. El libro que habían sugerido como primer libro para esa charla era un clásico, que sabían que llamaría a la gente para ir porque fue un best-seller hace unos años, "los pilares de la Tierra", de Ken Follet. No era un tipo de literatura que a mí me gustara, pero acabé cayendo en la tentación y lo leí en su época.

Al final allí no sabía muy bien qué hacer, los dueños de la librería no eran amigos, simplemente eran unos conocidos, y ellos ejerciendo su papel de anfitriones estaban pendientes de todos. Empecé a echar un vistazo a la librería, habían despejado una zona en la que habían unas sillas y sillones formando un círculo, y las estanterías propias del establecimiento alrededor de ellos. Las luces estaban atenuadas, aunque se veía con total claridad. En el fondo del local, detrás de lo que parecía el sillón principal, de dos plazas y que desde un primer momento deduje que se sentarían los dueños, había una pequeña mesa con cupcakes, bebidas calientes y frías, sándwiches y varias cosas más para picar. Aún no había nadie por allí tomando nada. "Será para después de la charla" me dije en ese momento. Después de dar un vistazo al local me dediqué a echarle una vista a las personas que había pululando por la sala, más que nada para saber si había algún conocido al cual acercarme a cruzar unas palabras y no sentirme tan sola. No, no había para mi desgracia ninguna cara amiga o conocida, y era una pena que tampoco hubiera nadie cogiendo alguna bebida o algo para picar, porque por lo menos así podía acercarme a la mesa y entablar una conversación distendida aunque vanal con algún extraño.

Tras quince largos minutos de espera los dueños nos invitaron a sentarnos para empezar ya a hablar del libro. Debería haber empezado esta charla a las 7 de la tarde y ya eran las 7.10, como siempre, yo llegaba antes de la hora a los sitios... Y eso implicó más espera incómoda, más minutos mirando estanterías con las novedades literarias, incluso me dio tiempo a dar cuatro vueltas por los mismos sitios, porque otra cosa no, pero la librería era pequeñita y enseguida se veía todo. Y empezó la charla, me senté discretamente en un lateral, lo suficientemente lejos del sillón donde sí que se sentaron finalmente los dueños, pero tampoco en las sillas que había enfrente de ellos. Lo que yo quería era un poco de anonimato ya que era la primera vez que iba a un club de lectura y no sabía muy bien cómo iba la cosa y quería evitar intervenir a toda costa, a no ser que fuera porque yo quisiera, no sabía si iban preguntando o era cada cual el que intervenía, y por si preguntaban quería evitarlo a toda costa.

Allí estaba yo sentada, con mi libro entre las manos sin saber muy bien qué hacer con él. Lo movía, lo abría, lo cerraba. Hacía mil cosas con el libro pero sin saber muy bien qué estaba haciendo realmente. Empezó la charla. Yo ni me había fijado detenidamente quienes tenía sentado a mis lados. Entre intervención desenfadada e intervención me fijé que el chico que estaba a mi derecha vino con una amiga que estaba a su vez a su derecha. Eran amigos (o pareja, no me quedó muy claro) que hablaban entre ellos sobre lo que les parecía el libro y se debatían en si volverían a la siguiente charla o no en función de cómo fuera la de hoy. A mi izquierda tenía un chico que también venía solo, era atractivo, aunque claro, sólo le había echado una mirada furtiva porque me calzó mirándole. Cuando me vio mirándole me lanzó una sonrisa ladeada muy atractiva. No pude evitar sonrojarme. No intervine en ningún momento, tampoco nadie me preguntó, y tras 45 minutos de charla sobre el libro y hablarnos sobre la siguiente charla que organizaban (un mes más tarde y la lectura sería un libro más de mi estilo, el primero de una saga de Asa Larson, una autora noruega de libros de novela negra). Los 45 minutos más largo de mi vida, no me había gustado mucho el libro, había venido realmente por compromiso. Encima estuve todo el rato intentando evitar la mirada del chico que se encontraba a mi izquierda, pero sí que le hice una radiografía a sus manos y a cómo las movía, al menos podía decir que tenía unas manos bonitas.

Al levantarnos todos para ya irnos y dar por finalizada la reunión, el chico en cuestión se me presenta y me extiende la mano a modo de saludo. Se llamaba Eduardo. Ambos empezamos una pequeña charla informal sobre el libro. Él tampoco había intervenido en la charla. Tras 45 minutos de charla insustancial sobre ese libro lo que menos me apetecía era seguir hablando sobre él, la verdad. Resultó que a Eduardo sí que le gustaban los libros con tintes históricos, pero al decirle que a mí no me gustaban mucho paró la conversación y me invitó a tomar algo. ¡Cómo iba a rechazar la oferta! Esos ojos verdes penetrantes me incitaban a hacer locuras. Esa copa en la cafetería cercana se alargó hasta las 12 de la noche. Nos enfrascamos en conversaciones de todo tipo, tanto literarias como de mil historias completamente diferentes.

Y todo empezó ese día, un día de enero de hace 4 años. Y ahora estamos aquí, viviendo juntos, leyendo libros tranquilamente en nuestra cama y yo embarazada de cinco meses esperando nuestro primer hijo. Desde luego, visto con perspectiva, no me arrepiento en absoluto en haber ido a esa charla, aunque me pasara casi una hora maldiciéndolo y queriendo huir de allí.

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2 comentarios

  1. Hola Marta, me ha gustado mucho tu relato, por cierto, lo he leido en la cama. Es divertido, fresco y con un estilo muy natural. volvere por aqui de vez en cuando para leerte. Un beso. Michele

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    1. ¡Hola Michèle! Me alegra que te hayas pasado por aquí, no solo haberte molestado en leer el relato, ¡sino también en comentar! Y qué casualidad que lo hayas leído en la cama... Jajaja. Me alegro muchísimo que te haya gustado, ya me puedo dar por satisfecha ya que a alguien ya le gustó este relato que escribí ;)

      ¡Un besazo! Y pasa por aquí cuando quieras, que esta semana publicaré algún relato más :)

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