Arrorró.

febrero 26, 2015

Siempre teníamos el mismo ritual: a las 9 de la noche te llevaba dado de la mano a la cama, esa diminuta mano que en comparación con la mía, la mía parecía la de un gigante; te acostaba; te arropaba bien, tanto que hasta casi te aplastaba con las propias sábanas al volverlas a meter por los laterales, porque si no te lo hacía así me decías que parecía que ibas a dormir desnudo, ¡vaya disparates me soltabas a veces!, pero si no, no habrías sido tú; me recostaba a tu lado, por si no fuera poco lo aplastado que te sentías por las sábanas, también te gustaba que te arrinconara contra la pared y así sentir mi cuerpo y mi calor a tu lado, aunque he de reconocer que eso también me encantaba a mí; te leía cada noche un cuento diferente al de la noche anterior; y para finalizar, te cantaba un arrorró, siempre el mismo arrorró que te cantaba incluso cuando estabas dentro de mi barriga cada vez más y más grande mientras crecías dentro de ella ajeno a cualquier tipo de problema que hubiera en el mundo exterior.

Las noches eran nuestro gran momento, donde más conectados estábamos y disfrutábamos el uno del otro. Había que aprovechar estos pequeños instantes, que aún tenías 5 años, y dentro de a saber cuántos años, en realidad esperaba que demasiados, me dirías “¡ay, mamá! ¡Que ya soy mayor para que me cuentes un cuento y me cantes un arrorró!” Había que disfrutar estos momentos al máximo.

Pero ahora ya no estás aquí. Sigo entrando a tu cuarto todas las noches a las 9 en punto, puntual como el resto de nuestras citas nocturnas pertinentes después del baño y de la cena. Me sigo acostando en tu cama, cojo entre mis brazos a Bruma, ese perro de peluche que tanto te encantaba, y con los ojos vidriosos le susurro cantada esa canción tan nuestra. Hace ya poco más de un año que te fuiste para no volver jamás, pero no puedo evitar seguir haciendo nuestro pequeño ritual, incluso hoy, que cumplirías 7 años. Te sigo echando de menos a cada momento, amor mío. Durante el día la pena y el dolor parece que consigo sobrellevarlo mejor con el paso del tiempo, pero cuando llega las 9 de la noche se me hace durísimo y el dolor que siento en el pecho y en el estómago parece que me va a consumir por completo. Tal vez debería dejarte ir para siempre y no seguir entrando en tu cuarto por las noches para cantarte el arrorró, pero todavía no me siento preparada y con fuerzas para dejarte volar, quiero seguir recordándote a cada instante.

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