Soledad.

enero 28, 2015

Se sentía sola. Últimamente era una sensación que conocía muy bien, parecía que había calado en ella. ¿Por qué sería? Sí, era cierto que tenía a su incondicional perro, a su familia, a su pareja y su trabajo. Pero no, ya no le servía todo eso. Lo que quería era huir, salir de ahí, porque no sabía cómo contactar con su mundo exterior, ahora tan desconocido pero que hasta hace poco tiempo era lo que conocía y lo que le reconfortaba.

¿Cuándo su pareja le dejó de satisfacer? No, ya no contaba con él salvo para lo que ya consideraban rutina. También, lo que hasta hace unos meses era en sexo bestial, ahora ya no le decía nada y lo único en lo que pensaba era en serle infiel y acostarse con otros (aunque eso jamás lo haría por principios, pero la idea cada día que pasaba le resultaba más y más tentadora).

La familia, también estaba la familia. Aunque no viviera con ellos, había pasado de llamarlos 3-4 veces a la semana a una sola vez, ¡con suerte si les llamaba dos días! Ya le resultaba tedioso oír a su madre decirle constantemente cómo debía actuar o cómo no debía de hacer las cosas. ¡Qué ya superaba la treintena, qué no era una niña a la que tenía que seguir protegiendo!

El trabajo, esa cosa monótona, repetitiva, y rodeada de compañeros que desde que entró no le habían caído bien. Probablemente toda la apatía que tenía dentro de ella viniera de este ámbito, que contagió al resto de facetas de su vida. Pero una cosa es la apatía y otra muy diferente la soledad. ¿O no son cosas muy diferentes? Probablemente esos sentimientos siempre vayan dados de la mano.

Lo único que se salvaba de su vida era su perro, que gracias a él muchas veces conseguía salir a la calle no sumiéndola en la depresión de estar todo el día encerrada en casa con su novio. ¡Ay, bendito perro!

Ya lo tenía decidido, iba a cambiar de vida, de ciudad, de trabajo, ¡y de pareja! Lo único que iba a conservar era su perro, que iría con ella a donde hiciera falta.

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