Mañana a hurtadillas.

enero 17, 2015

Me encantaban los momentos como este: estar acostada, hundida bajo las sábanas con olor a limpio, olor a recién lavadas con el aroma de mi suavizante preferido. La lavanda inundando la habitación. Y él acostado a mi lado sumido en un profundo sueño. Me encantaban las mañanas como estas, en las que me acercaba a su regazo y olía su cuerpo, acariciaba el pelo que le crecía por el pecho. ¿Cómo era posible que hubieran hombres que se lo depilaran o afeitaban? A mí me encantaba un hombre con su barba de tres días y su pelo en el pecho (vale, que hay algunos que parecen osos polares de la exagerada cantidad que tienen, y ahí si que sería partidaria de la depilación, pero un vello normal como el que tienen el 90% de los hombres... Fiel a lo "salvaje"). Nunca entendería el por qué, por qué se lo quitan, ¡para esos sacrificios ya estamos nosotras!

Él era un dormilón, y yo una madrugadora. Por lo que podía deleitarme y ver cómo respiraba, olerle, sumirme en su sueño y verle eternamente. Muchas mañanas me encantaba levantarme a hurtadillas, prepararnos el desayuno y llevarlo a la cama. Ya él se despertaba cuando olía el café entando por la habitación. Nuestro desayuno preferido era un café con leche para cada uno, cuatro tostadas con su mantequilla y su mermelada de melocotón y un kiwi y una pera a repartir. Hablar, contarnos nuestras cosas mientras desayunamos completamente desnudos y sin complejos, siendo simplemente nosotros sin ningún tipo de máscara ni física ni emocional.

Ojalá todas las mañanas fueran fines de semana, en los que poder sumirme en su belleza, esos momentos en los que podía observarle sin ser observada y delatada. Sin duda alguna, estos eran mis momentos preferidos, no los cambiaría por nada en absoluto. ¡Ay, ojalá estas mañanas duraran eternamente!

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